1/3/05

La Red islamista en España

Febrero-marzo de 2005 - José María Irujo (EL PAíS)

El brazo ejecutor del 11-M

El caudillo del fanatismo

El hombre de Bin Laden en Madrid



El brazo ejecutor del 11-M

Allekema Lamari, 'Yasin,' jefe de la célula terrorista, es descrito por sus amigos como un paranoico obsesionado con castigar a España. Su determinación movilizó a los 'yihadistas'


Esta serie descubre a los tres personajes clave en la trama de terrorismo islamista que concluyó en el sangriento atentado del 11 de marzo de 2004. Este primer capítulo aporta testimonios inéditos que permiten reconstruir la personalidad, hasta ahora oculta, de Allekema Lamari, Yasin, a quien la policía considera el jefe del comando que ejecutó el atentado.

En 1997, en la localidad navarra de Tudela, se detenía de madrugada una camioneta DKW al otro lado del puente del Ebro para recoger a un grupo de inmigrantes argelinos que trabajaban en la finca de Sebastiana, una terrateniente navarra. Sus campos de alcachofa, espárrago y coliflor eran un polo de atracción y una esperanza para centenares de trabajadores que viajaban desde numerosas localidades de Argelia donde el nombre de aquella mujer se hizo popular. Al atardecer, la furgoneta paraba en el mismo puente y los hombres regresaban a pie a la ciudad.

En aquel grupo estaba Allekema Lamari, el jefe del 11-M y uno de los siete suicidas de Leganés (Madrid), entonces un trabajador de 32 años, bajito, delgado, tímido y algo apocado. Subía cansado, con su mochila al hombro, hasta la plaza Vieja, donde se levanta la imponente catedral, y entraba en el número 4 de la calle de San Antón, una pensión antigua y desvencijada, de tres alturas y sin ascensor. Marisa, la dueña, una mujer morena y expresiva, era el otro apoyo en la aventura de aquellos trabajadores que habían dejado atrás a sus familias en busca de una vida mejor. A los más necesitados no les cobraba las 25.000 pesetas mensuales que pagaban de alquiler. "Uno estuvo un año hasta que le dije que no podía mantenerlo más", recuerda. "No me arrepiento. He encontrado en ellos cosas que no tienen algunos españoles. Cuando estaba enferma me han cuidado en este sofá durante noches enteras".

En una de las siete habitaciones que Marisa tiene en el primer y segundo piso de su casa vivió Lamari durante meses. Tenía derecho a una cocina comunitaria y a utilizar los dos baños situados en el pasillo. Por la noche se aseaba, cuidaba su barba, se ponía ropa limpia de mercadillo y caminaba hasta el ultramarinos de Farid donde compraba comida. Paseaba por los alrededores de la catedral y regresaba solo a su habitación a leer el Corán. Un texto cuyas aleyas se sabía de memoria.

La casera lo recuerda como una persona "seria y huraña", aunque amable y discreta. "No hablaba con el resto. Era el más cerrado y el más religioso de todos". Allekema oraba entonces cinco veces al día y frecuentaba los viernes la mezquita de la calle Roncal, el centro al que acuden el millar de musulmanes que residen en Tudela. "Cuando asomaba la cabeza por la habitación para entrar a limpiar, él estaba arrodillado en el suelo sobre una alfombra y rezaba mirando a la Meca. ¡No entre ahora!, me recriminaba enfadado. Un día le pregunté por la religión y me dijo que la suya era la mejor. Sólo se podía hablar con él de religión".

Lamari siguió el recorrido habitual de los argelinos en Tudela: la finca de Sebastiana, la pensión de Mari, apodo con el que la bautizaron sus huéspedes, y un humilde piso en la parte vieja de la ciudad. Esta vez en la calle Verjas, en un viejo inmueble habitado por familias argelinas más acomodadas. Los inmigrantes que echan raíces en esta localidad traen a su familia. Es señal de que han mejorado.

Pero Allekema, un lobo solitario, según los pocos que le trataron entonces, tenía otros planes. Llevaba en España desde 1992, tenía estudios de aparejador y una tarjeta de residencia, aunque no parecía interesado en ejercer su profesión. Tampoco aparentaba añorar a sus padres, Mohamed y Teldja, de los que no hablaba a nadie, ni soñaba con crear su propia familia. Al igual que Mohamed Atta, el egipcio que dirigió a los pilotos suicidas del 11-S, su virginidad era uno de sus secretos mejor guardados. "No quiero que vengan a despedir mi cadáver mujeres embarazadas ni personas impuras; quien lave mi cadáver alrededor de los genitales deberá llevar guantes", escribió Atta en su testamento.

El carácter y las costumbres de Atta y de Lamari son bastante similares. "Jamás le vi con una mujer", recuerda Marisa. "Nunca tuvo una amiga, ni novia, ni amante. Un musulmán nunca debe salir con una chica sin una relación legal. Es lo normal", corrobora Safwan Sabagh, un sirio de 41 años, en la trastienda de su pollería Chico Rico, en la avenida del Puerto de Valencia. Safwan era amigo del argelino desde hace doce años. Probablemente el mejor.

Yasin, como le llamaban sus íntimos, vivía en su limbo particular, alejado de las costumbres occidentales, alcohol, sexo y drogas, que consideraba vicios, y tenía muchas ideas en la cabeza. Ideas que no confesaba a cualquiera. Pensamientos sobre la interpretación del islam, la religión y sobre la yihad que sólo discutía con un reducido grupo de amigos argelinos cuando viajaba a Valencia. Eran Bachir Belhakem, Nourredinne Abdumalou y Abdelkrim Benesmail. Se reunían en una casa de campo abandonada en Picassent, un antiguo inmueble de la Cruz Roja que el párroco dejaba abierto para refugio de los inmigrantes. Allí, la policía les vigiló durante meses.

En sus viajes a Valencia Lamari no tenía un domicilio fijo. Vivía en una casucha de tejado rojo en Picassent o peregrinaba por las casas de amigos en Russafa, un barrio de inmigrantes norteafricanos plagado de locutorios, carnicerías árabes y tiendas de ropa al por mayor. Entraba solo a tomar un té a los bares argelinos y asistía a los rezos de la mezquita de la Asociación Cultural Islámica Alfath, en el número 24 de la calle de Buenos Aires, un centro que entonces permitía las arengas de fundamentalistas. "Llegaban dos o tres que no sabíamos ni quiénes eran y al margen del imán recolectaban dinero o lanzaban discursos a favor de la yihad", recuerda un tendero marroquí ligado a la asociación. Andelkrim Beghadali, de 41 años, el imán de entonces y hoy clérigo de Torrent, localidad próxima a Valencia, recuerda así a Lamari: "Me tenía mucho respeto. Era religioso y justo. No hacía daño a nadie. Vivía de lo que trabajaba y no era un delincuente".

En Russafa muchos conocían a Yasin, pero pocos se atreven a reconocerlo. El dueño de un bar argelino es una excepción: "No hablaba. No le gustaba hablar".

Lamari frecuentaba también la mezquita del puerto, en el número 47 de la calle de Méndez, pero había creado la suya en un humilde local. La llamaban la mezquita de los tunecinos. "Vino varias veces a pedirme dinero para pagar la luz y el agua. Pero no era rentable tener un local para que rezaran sólo treinta personas y le negué la ayuda", recuerda el imán Abderrajin.

Hasta que la investigación y los pinchazos telefónicos ordenados por el juez concluyeron. "Por informaciones confidenciales de servicios amigos se ha sabido que...". Así empezaban los informes de la policía cuando los días 6, 7 y 8 de abril de 1997 Lamari y otras diez personas fueron detenidos en Valencia y Torrent, como presuntos miembros del Grupo Islámico Armado (GIA), el movimiento terrorista dirigido entonces en Argelia por el emir Jamal Zitouni.

Desde esa fecha, en la pensión tudelana de la calle de San Antón las cartas de bancos a nombre de Lamari se acumularon en el portal. "Le siguió llegando el correo, pero no sabíamos que lo habían detenido", recuerda el vecino Alejandro Zuleta.

En los registros, la policía encontró una pistola Rhoner, un revólver en mal estado y ejemplares de la revista Al Ansar, el boletín del GIA. También hallaron vídeos sobre muyahidin y documentos falsos. Las pruebas, según los abogados de los detenidos, eran tan endebles que los letrados creyeron que aquellos hombres nunca serían condenados. Pero el fiscal Pedro Rubira y el juez Baltasar Garzón, a cuyos despachos de la Audiencia Nacional llegó el caso, lograron que se condenaran los actos preparativos impunes, aquellas acciones previas al inicio de la actividad terrorista. "Un hito en Europa", dice Rubira. "Una tremenda injusticia", en opinión de los abogados.

Ése fue el primer y único tropiezo de Lamari en España, un hombre púdico, discreto y silencioso que no tenía antecedentes en su país y al que no se conocían vínculos con el GIA. Un tipo prudente que desde que llegó a Alicante en 1992 en un barco desde Orán no había cometido un solo fallo. Ante la policía Yasin lo negó todo. Desde las fotografías de una persona idéntica a él cuando entraba en la casa de campo hasta su voz en las conversaciones grabadas. "No intentó exculparse. Negaba con monosílabos", recuerda un agente.

La primera cárcel que pisó Yasin fue la de Picassent, un centro en el que inició un largo periplo por varias penitenciarias que, en opinión de sus amigos, marcó su vida. El funcionario que le interrogó rellenó así su ficha de ingreso: profesión, ninguna; domicilio fijo, ninguno; grado de instrucción, graduado escolar.

Juan Molpeceres, un letrado valenciano, fue su primer abogado y recuerda su actitud distante y fría. Le vio en el juzgado de guardia y después le visitó en prisión. "Era muy hermético, muy reconcentrado y reservado. Jamás dijo una sola palabra que le pudiera comprometer. Se generó muy poca confianza entre abogado y cliente. Lo propiciaba él, quizás por su carácter. Decía que era inocente, pero no daba ninguna explicación sobre los hechos. Su actitud era diferente a la de los otros detenidos", asegura el abogado. Meses después Molpeceres se trasladó a la prisión y le comunicó que renunciaba a su defensa ¿Por qué lo hizo? "Prefiero no comentarlo", responde el letrado, que sí continuó con la de otros cuatro argelinos.

Pero a Yasin no le abandonaron sus amigos. Belkakem, que estaba en libertad provisional, logró que su abogado se hiciera cargo de la defensa de su compañero. Lamari había sido trasladado desde Valencia a la prisión de Cuenca, donde, a juzgar por sus propios testimonios, lo pasó muy mal.

El abogado de Bachir visitó a Lamari en la prisión de Cuenca. Y descubrió a un hombre atormentado. "Me dijo que era inocente, que sólo era un musulmán que practica y no un terrorista. Tenía una clara sensación de persecución. Su obsesión era que en la cárcel no le daban la comida que pedía, decía que estaba amenazado, que lo discriminaban y trataban mal. Me pidió que hablara con el director. Le vi trastornado", recuerda este penalista valenciano, que pide que se omita su nombre.

Durante su estancia en la cárcel de Cuenca, Lamari tuvo un seguimiento especial con cacheos y vigilancias. "Era muy solitario y no hizo migas con nadie. Leía el Corán y rezaba en el patio o en la celda con una toalla en el suelo. Otros internos se reían de él y se levantaba airado para defenderse de las burlas. Tuvo partes disciplinarios leves por insultos o conatos de enfrentamiento, pero pasó desapercibido. Él no se metía con nadie", relata un jefe del centro.

Safwan Sabagh, su amigo sirio, asegura que en Cuenca Lamari quería denunciar al director "porque se sentía perseguido y acosado por otros presos". "Me contó que le agredió un preso en la cabeza y que cuando fueron al juicio en Alcalá de Henares los metieron en la misma furgoneta. Él iba esposado y su agresor libre. Se sintió mal".

Después de esa agresión se produjeron dos más en otros centros penitenciarios. Tres marcas en la cabeza, la cara y una pierna que para Yasin fueron tres intentos de asesinato y que agudizaron más su paranoia. Cuando paseaba por el patio de la cárcel de Cuenca, Teruel, Alcalá Meco (Madrid) o A Lama (Pontevedra) caminaba con la espalda pegada a la pared. Locura o simple supervivencia.

"Pensaba que querían matarlo dentro de prisión. Me lo escribió varias veces. Como no era una persona conflictiva no lo entendía y creía que todo estaba organizado. Se consideraba un preso político por sus ideas y decía que estaba detenido por un acuerdo de los gobiernos español, francés y argelino", asegura su amigo. "Veía fantasmas que no existían. Creía que estaba en el punto de mira de todo el mundo. Tenía una alteración de la percepción. Un trastorno mental", opina su segundo abogado.

Yasin era un hombre ordenado que escribía en mayúsculas y en castellano. Y lo apuntaba todo. A veces se carteaba con su letrado. "Me contaba que estaba muy enfermo, que padecía trastornos de hígado y corazón. Que se lo decía a los médicos y no le atendían. Que pidió ir a un hospital y no le llevaron". "Tenía un riñón prácticamente inútil", corrobora su amigo Safwan.

Las quejas de Lamari no llegaron a las autoridades penitenciarias porque su abogado declinó tramitarlas. "No tenían base ni él estaba en condiciones peores que otros presos", asegura éste. En el año 2000 el letrado recibió una llamada de Yasin desde la cárcel de A Lama (Pontevedra) donde había sido trasladado. "Ese día estaba un poco exaltado. ¡Pareces el fiscal en vez de mi abogado!, me dijo. Según él yo no hacía nada. Me pidió que renunciara a su defensa porque había perdido su confianza".

Un año más tarde se celebró el juicio y Lamari fue condenado a 14 años de prisión. Igual suerte corrieron Belhakem, Abdumalou y Benesmail. Durante la vista le asistió Vicente Coloma, su tercer abogado valenciano, que fue quien preparó el recurso y logró que su condena se rebajara el 7 de junio de 2002 a nueve años de cárcel. Entonces, Yasin llevaba cinco años de prisión preventiva. Cinco años en los que no telefoneó a nadie, salvo en raras ocasiones a sus abogados. Tampoco recibió la visita de familiares ni de amigos. En la prisión siguió igual de solo que fuera de ella. "Pasó desapercibido y su comportamiento fue muy correcto. Ya nos gustaría que todos los presos en primer grado fueran como él", señala un responsable de A Lama.

Veintidós días después, un funcionario de ese centro abrió su celda y le comunicó que la Audiencia Nacional había decretado su libertad. Por fin Yasin tenía un golpe de suerte en sus años de infierno carcelario, aunque ignoraba que la decisión era fruto de un error. "Nos extrañó un poco, pero como era legal no pusimos objeción. Lo notificamos al agente judicial y avisamos a la policía con antelación para que lo vigilaran en la calle. Es algo que se hace siempre cuando sale un preso de cierta relevancia", asegura uno de los jefes del centro. Lamari estampó su huella en una tarjeta y cuando le preguntaron por un domicilio no lo facilitó.

En Pontevedra, Yasin tomó un autobús a Madrid. En una gasolinera le esperaba su amigo Safwan, el pollero afincado en Valencia, la única persona que se preocupó por él durante su estancia en prisión. "Lo recogí en mi coche y le dejé en una plaza de Valencia. Le ofrecí ayuda para salir de España pero me dijo que se las arreglaría solo. Estaba más callado. Aunque él no se metía en la vida de nadie. Cuando te oía hablar mal de alguien se tapaba los oídos", relata. Ese día Yasin le confesó a su amigo que tenía "un objetivo". "Hay muchos objetivos. Es fácil hacer una catástrofe como esa", le había confesado al sirio cuando vieron en televisión el atentado contra una discoteca en Bali. "¡Que fácil es hacer mucho daño!", decía.

Dos días después de llegar a Valencia, Lamari visitó a su segundo abogado en su despacho. "Me recriminó que no había hecho bastante. Venía con más cartas. Me volvió a contar lo mal que lo trataron. Su obsesión era la cárcel. No quiso recurrir. Creo que se radicalizó en la cárcel. Lo intentaron matar dos veces. Estaba loco. Jamás le ví sonreír".

Safwan observó también que su amigo salió de la cárcel convertido en un paranoico. "No se fiaba de nadie y tomaba constantes medidas de seguridad. Una vez estaba en un parque con él y salió corriendo", asegura. Lamari pasó una temporada en Tudela. "Estuvo por aquí en casa de un amigo", recuerda Marisa, su casera.

Cuando se aclaró el error judicial, Safwan, que hacía de intermediario entre él y su abogado, le llamó. "Le dije: ¿sabes que estás en búsqueda y captura?, pero reaccionó con frialdad. No tenía intención de volver a prisión".

En septiembre de 2003 el argelino pidió a su amigo sirio que le trasladara en su coche a Madrid. "Me dijo que estaba cansado de Valencia y quería establecerse allí". Entonces Yasin ya estaba en contacto con Sarhane Ben Abdelmajid, El Tunecino, con su amigo Mohamed Afalah y con el resto del núcleo duro de la célula que preparaba el 11-M. El propio Yasin tuvo la idea de atacar a los cuatro trenes de Atocha, según sospecha la policía. Por eso y por su experiencia carcelaria se había convertido en el emir.

En Navidad Yasin volvió por la pollería a ver a su amigo y a interesarse por sus compañeros que seguían en prisión. Les llevó ropa y zapatos. El CNI ya había elaborado una nota en la que advertía a la policía que Lamari comentaba a sus íntimos que se preparaba un ataque "contra un gran objetivo" que perpetraría un suicida al volante de un coche bomba. Las vigilancias de varias cabinas junto a la Audiencia Nacional en Madrid desde donde telefoneaba Yasin no dieron resultado. Tampoco el control de oficinas de correos desde las que envió dinero a Benesmail, uno de sus "hermanos" en prisión. Ni el rastreo por las principales mezquitas. De una decía que estaba llena de "chivatos" y de la otra que la controlaban los saudíes.

El 8 de marzo, tres días antes de la matanza de Atocha, sonó el teléfono de Safwan en la pollería. "¿Qué tal los hermanos? Diles que recen por mí. Que Alá me proteja", asegura el sirio.

El 27 de marzo, semanas después del atentado, el pollero comunicó de nuevo con su amigo.

-¿Qué pasa? Te están buscando por Russafa y enseñan tu foto.

-Perdóname si te he causado problemas.

-Pero, ¿tú has estado en lo del 11-M?

Lamari no contestó, cambió el tema y concluyó: "Nos veremos en el cielo. A mí no me cogerán vivo". El 3 de abril cumplió su promesa junto con otros seis suicidas en un piso de Leganés. Safwan, su amigo sirio, ha reclamado sus restos.



El caudillo del fanatismo

Abu Dahdah, a quien los expertos policiales consideran el autor intelectual del 11-M, exhibe en prisión su frialdad, serenidad y extraordinarias dotes de comunicación

Imad Eddin Barakat, Abu Dahdah, es la fuente de inspiración del radicalismo islámico en España. De la célula islamista que dirigió durante siete años surgieron los yihadistas que apoyaron el 11-S, los que participaron en los atentados de Casablanca y también los protagonistas del 11-M. El PAÍS reconstruye sus cuatro años de vida en prisión.

En el paraíso me encontraré con nuestro profeta y con los apóstoles. En el paraíso....". La noche del 13 de noviembre de 2001, en los calabozos del cuartel de Canillas, un enorme complejo policial en el barrio madrileño de Hortaleza, un detenido por su presunta relación con una célula de Al Qaeda oyó esta canción religiosa árabe. Una melodía y una voz que le resultaron familiares. La había oído antes en boca de Imad Eddin Barakat, Abu Dahdah, un comerciante de ropa sirio al que conoció en Lavapiés. Un tipo muy popular en ese barrio de Madrid.

El hombre que cantaba aquella noche y Abu Dahdah parecían la misma persona. Y en realidad lo eran. El detenido salió pronto de dudas. "Creí que estábamos los dos solos, pero cuando los demás oyeron la canción comenzaron a gritar y se dijeron sus nombres: "¡Soy tal!, ¡soy cuál! Yo me quedé callado. Estaba muy asustado".

Los once detenidos de aquella redada, la segunda contra islamistas radicales en España después del 11-S, permanecieron incomunicados durante cinco días al aplicárseles la ley antiterrorista. Algunos estuvieron hasta siete jornadas sin ver a sus familiares y con largos interrogatorios en presencia de un abogado de oficio. Pero Abu Dahdah, 42 años, natural de Alepo, una parte de Siria que ha dado buenos cantantes, no dejó de entonar sus cánticos religiosos y mantuvo la calma.

Su caída no le sorprendió demasiado. Antes de que le detuvieran ya sabía que la policía le seguía los pasos. "Estoy enfermo [vigilado]", le dijo a Falid Hilali, 36 años, un marroquí que semanas antes del 11-S le confesó por teléfono que entrenaba con aviones y tenía un objetivo. Un tipo que se había formado como muyahidin en Afganistán y al que Abu Dahdah definía como "una bomba". El sirio y todo su grupo, más de veinte personas, estaban siendo controlados por los hombres y mujeres de la Unidad Central de Información Exterior de la policía desde hacía siete años. Una eterna investigación judicial en la que se pincharon más de 200 teléfonos.

Han pasado cuatro años y cuatro meses desde aquella noche en los calabozos de Canillas y Abu Dahdah, casado con una madrileña y padre de seis hijos, espera en prisión junto al resto de los detenidos la celebración de un juicio que se iniciará en las próximas semanas. Al sirio nacionalizado español se le acusa de ser cooperador necesario en la planificación del 11-S, de ser el principal dirigente de Al Qaeda en España y de reclutar muyahidines para enviarlos a campos de entrenamiento terrorista. El fiscal pide para él 62.512 años de prisión. De la célula que comenzó a dirigir en 1995 salieron algunos de los instigadores y autores de los atentados de Casablanca y del 11-M. Como Sarhane ben Abdelmajid, El Tunecino, un licenciado en Económicas de 36 años, o Jamal Zougam, de 30, el marroquí que regentaba un locutorio en Lavapiés. Hasta una docena de sus discípulos aparecen directa o indirectamente implicados en las dos matanzas.

Abu Dahdah es hijo de un general del Ejército sirio, pero la posición acomodada de su familia le sirvió de poco. Su afiliación a los Hermanos Musulmanes, la corriente que fundó el profesor egipcio Hassan al Banna en 1928, y la muerte un compañero de su instituto le empujaron a huir de su país. Desde entonces jamás ha regresado. Se refugió en Jordania, luego en Egipto, Francia y España. Aquí se casó con Marisa, una joven madrileña que para seguirle dejó su trabajo en el cine y en un laboratorio. Se convirtió al islam, cubrió su pelo con un pañuelo y desde entonces cree a ciegas en la inocencia de su marido. "Todo es mentira, sólo es una víctima de Bush", dice convencida.

Al presunto dirigente de Al Qaeda en España algunos de sus correligionarios le apodaban El Gordo. Llegó a pesar más de 90 kilos, pero ahora ha perdido 30, según asegura su abogado, Jacobo Teijelo. "No solamente ha perdido peso, sino altura, al disminuir la masa muscular", asegura este letrado, que ha expuesto ante una delegación de la organización humanitaria Human Rights Watch las condiciones carcelarias de su defendido.

El pasado 12 de abril, un mes después del 11-M, Abu Dahdah fue trasladado de prisión. Dejó el centro de Soto del Real (Madrid), donde había permanecido tres años, y fue enviado a la cárcel de León. Ha estado en un módulo de aislamiento de diez personas, a las que durante algún tiempo no vio, en régimen cerrado y especial. Se le aplicó el primer grado, lo que supone menos libertad de movimientos y más cacheos. Una medida excepcional en un preso preventivo, según reconocen fuentes penitenciarias. "Al principio estaba solo por precaución. Luego salían cuatro a pasear, pero a él no le gusta mezclarse con los demás", asegura el director del centro.

El sirio ha vivido durante nueve meses en una celda de dos metros cuadrados por cuatro con una cama de hormigón, ducha y váter. Se levantaba a las ocho de la mañana, desayunaba, comía y cenaba en su cubículo. Veinte horas diarias dentro de la celda y cuatro para pasear, casi siempre solo, en un patio ciego de 60 metros cuadrados con muros de ocho metros de altura y alambre. "No veía el cielo. Estaba aislado de todos y sólo escuchaba los ruidos y voces de los otros presos de la galería. Me ha contado que hablaba solo y discutía consigo mismo. Primero se iba a un lado y daba una versión y luego al otro a dar la contraria", relata su letrado.

Las pasadas navidades, Abu Dahdah regresó a la prisión de Soto del Real, al módulo 3 de preventivos, un centro donde se ha ganado el respeto de los funcionarios. "Es inteligente y tiene una gran capacidad de autocontrol. Es frío y calculador. Jamás se ha quejado por un cacheo. Además, tiene un extraordinario poder de comunicación. Admite que conocía a algunos de los del 11-S, pero dice que no tiene nada que ver con aquello. Cuenta su versión de una forma muy verosímil. Parece creíble", asegura uno de ellos.

El presunto jefe de Al Qaeda en España trató a varias de las personas que formaban la célula de Hamburgo en la que estaba Mohamed Atta y los pilotos suicidas. Said Bahaji, un miembro del comando que finalmente no pudo participar en el ataque, tenía su teléfono y dirección en su agenda. El juez Baltasar Garzón asegura que Abu Dahdah y Amer el Azizi, un ex muyahidin marroquí que logró huir de una redada policial, les prestaron ayuda durante la cumbre de Tarragona, semanas antes del ataque.

Durante su estancia en prisión el sirio español ha exhibido su autocontrol. En una ocasión medió ante los presos musulmanes de Soto del Real que se amotinaron porque faltaban raciones de comida árabe. "No es una discriminación contra nosotros. No es una persecución. Solamente faltan raciones y tenemos que esperar a que las traigan de la cocina. Si no las traen debemos comer igual, porque el Corán dice que hay que estar alimentado en situaciones extremas", les dijo. "Pero no les convenció", apostilla un funcionario.

La única vez que perdió su temple fue en una discusión sobre religión. "Un preso le comentó algo sobre el catolicismo y entonces saltó", cuenta una autoridad penitenciaria. Abu Dahdah reza en la cárcel cinco veces al día, pero no hace ostentación de su religiosidad.

La religión es algo muy importante para este hombre de cara redonda y ojos saltones al que la policía califica como el cerebro de Al Qaeda y sus grupos asociados en España. Está enfrentado a los imanes de las dos principales mezquitas de Madrid, la de Abu Baker y la de la M-30, a los que considera "blandos" y alejados de la corriente salafista y wahabita que él mismo propugna. "¿Se puede robar a los cristianos?", le preguntó en una ocasión al imán egipcio Moneir, el clérigo de la mezquita más grande de la capital y una de las mayores de Europa.

En el terreno religioso y fuera de la prisión era menos discreto, según relatan los que le conocieron. "Me vio fumar y le molestó el humo. Odiaba a la gente que fuma. Me dijo que la religión prohibía todo lo que hace daño al cuerpo como el alcohol, el tabaco o las drogas. Luego vio a mi perro en casa y me echó otra bronca. Decía que no era una criatura pura, que tenía microbios en la saliva. Que me lo quitara. Era un verdadero fanático", cuenta un árabe que lo trató.

El barrio de Lavapiés, en el corazón de Madrid, es un formidable crisol de culturas donde han levantado sus negocios centenares de inmigrantes emprendedores. Aquel territorio era el escenario preferido de este hombre que se movía por sus estrechas calles como pez en el agua. El restaurante El Alhambra, donde los ex muyahidin Said Berraj y Azizi relataban a sus íntimos sus hazañas en Afganistán, el locutorio de su amigo Zougam, las tiendas de ropa Zizu y Udin de Said Chedadi y las peluquerías de la calle Tribulete eran paradas obligatorias de Abu Dahdah para hablar y discutir sobre la yihad. De algunos de estos comercios salió dinero para financiar el 11-M, según asegura ahora el juez Juan del Olmo.

Todo el mundo conoce allí a Abu Dahdah, un tipo que recorría a pie las tiendas de los sirios, marroquíes y chinos para comprar saldos de marca con descuentos de hasta el setenta por ciento. "Entro en los mercados, ofrezco mis muestrarios y la gente confía en mí. No tengo almacén ni nada. Trabajo de todo: ropa, coches, miel, alfombras. Así vivo y vivo bien", dijo el presunto jefe de Al Qaeda al fiscal Rubira y al juez Garzón en su declaración. Según el sirio, con aquellas ventas podía mantener a su familia, pagar los colegios de sus hijos y viajar sin descanso por todo el mundo. A su amigo el fanático clérigo palestino Omar Mahmood Toman, Abu Qutada, el hombre de Osama Bin Laden en Europa, lo visitó más de veinte veces en su casa de Londres. El matrimonio y sus hijos dormían en su residencia. "Sólo es como un cura aquí. Nunca he hecho nada malo", dice su esposa cuando se le pregunta por Qutada.

Pero desde que fue detenido su nombre se ha borrado de la mente de casi todos los comerciantes del barrio de Lavapiés. Casi nadie se atreve a hablar de él por miedo a ser detenido. "Estas redadas son una persecución a los musulmanes. Ninguno de los que murieron en Leganés hizo nada. Todo es una invención de la policía y de la prensa", dice convencido el hermano de uno de los imputados por el 11-M en su negocio de la calle Tribulete.

En la calle Juanelo, muy cerca de la plaza de Tirso de Molina, Abu Dahdah era muy popular. "Compraba pantalones Dokers y polos de Lacoste y los vendía a amigos y conocidos. No comerciaba en mercadillos. También traía coches de Alemania", relata Tarik, un joven dependiente marroquí. ¿Qué opina de él? "Les ha podido ayudar [a los autores del 11-S] de una manera indirecta, pero sin saber lo que hacía. Conozco a mucha gente que fue a Bosnia a luchar y el Gobierno español entonces no decía nada", responde.

En la prisión, Abu Dahdah ha cambiado. Se aleja de los demás presos y vive su tragedia personal solo. No hace deporte y lee sentencias y El derecho penal del enemigo un libro que le ha llevado su abogado. Una actitud diferente a cuando estaba en libertad. Entonces era un pastor, un proselitista charlatán y acogedor. La lectura de las decenas de conversaciones en árabe que le grabó la policía con sus discípulos lo demuestra. Según los investigadores las reuniones en su casa con radicales islamistas de toda Europa eran interminables.

De la lectura del sumario en el que está imputado, se desprende que los suyos le admiraban y respetaban. Algunos, incluso le temían. Acompañaba al aeropuerto a los hombres que enviaba a los campos terroristas de Afganistán, Bosnia, Indonesia o Chechenia. Les aguardaba a su regreso y se ocupaba de algunos heridos, como Selaheddin Benyaich, El Tuerto, cuando regresaban a descansar. "Era el jefe de un gran familia. Casi todo giraba en torno a él", opina uno de los agentes que le vigilaron.

Abu Dahdah ha mantenido su inocencia en todas sus declaraciones judiciales, en estos cuatro años ha prestado varias, y exhibido ese carácter frío y cerebral del que hablan los que le conocen. "Es muy calculador. Un cínico increíble. Hasta se nos ofreció a colaborar después del 11-M. Nos decía que sólo era un buen musulmán, que condenaba el terrorismo y la violencia, pero los vídeos, revistas y libros encontrados en su casa no son los de un pacifista. Son los de un yihadista", asegura una fuente judicial de la Audiencia Nacional.

Su primera declaración judicial, recogida en más de 100 folios, es un fiel retrato de su personalidad, aunque su abogado le disculpa, ya que acababa de ser detenido. "Es normal que al principio lo negara todo. Luego ha hablado y dado explicaciones convincentes. Sobre todo en las comisiones rogatorias", dice Teijelo.

El sumario acredita su estrecha relación con el sirio Mustafá Setmarian y Mohamed Saleh, los fundadores de la célula española de Al Qaeda, que luego llegaron hasta la cúpula de esa organización terrorista, pero cuando Garzón y Rubira le preguntaron por ellos sus respuestas fueron evasivas. Tanto que el juez le respondió airado: "Usted, cada vez que le pregunto por lo que hacen los que son sus amigos no tiene ni idea, pero ha estado hablando con ellos permanentemente". Negó conocer a Abu Zubaida, uno de los lugartenientes de Bin Laden, pero las grabaciones telefónicas demuestran que el propio Saleh le dio una vez su teléfono. Tampoco reveló el nombre de Shakur, el muyahidin que le confesó semanas antes del 11-S que entrenaba con aviones. Niega conocer a Bin Laden y haber visitado Afganistán, pero en sus campos terroristas las tropas británicas hallaron documentos con su nombre. "Entonces, cualquiera que quisiera verle [a Bin Laden] podía hacerlo", le dijo al juez.

¿Es este hombre tan importante como aseguran Garzón, Rubira y el comisario Rafael Gómez Menor, el policía que investigó a esta célula durante siete años? Cuando un diputado de la comisión del 11-M preguntó a este último quién era el cerebro de la matanza de Atocha, el agente, el mayor experto en terrorismo islamista de la policía, contestó así: "Si por autor intelectual entendemos la persona que ha conformado todo un grupo, que ha preparado a todo un grupo, que les ha adiestrado ideológicamente, que les ha enviado a prepararse militarmente y de forma terrorista a Afganistán, ése es Abu Dahdah, sin lugar a dudas. Hay muchos indicios y muchas conexiones".

Una autoridad judicial de la Audiencia Nacional añade acerca de él: "Estuvo años alimentando el odio entre los miembros de su grupo, hablándoles, confundiéndoles, instigándoles. Es un auténtico pastor, el alma y el cerebro del grupo. No es una casualidad que el 11-S, Casablanca y el 11-M tuvieran directa o indirectamente alguna relación con él y su entorno".

Una opinión muy distinta de él tiene su familia. En los meses posteriores a su detención, Marisa retrataba así a su marido. "No tenía tiempo de hacer todo lo que dicen que ha hecho. Es un buen padre de familia, muy sociable y muy pacífico. Nada que ver con lo que se dice de él". Ahora, semanas antes de la vista judicial, su esposa sigue pensando lo mismo. Defiende su inocencia y se siente víctima de una persecución de la policía, la justicia y la prensa. "¿Además de su periódico, usted cobra de alguien más por escribir esto? Seguro que sí", se responde a sí misma. Abu Dahdah ha declinado facilitar su versión a este periódico.

Según su letrado, el sirio español está deprimido y triste. "Me dice que creía que había libertad en este país. Que no quiere quedarse en España cuando salga de la cárcel. La petición del fiscal parece una broma. Me tendrán que decir a quién ha matado. No creo que sea condenado por el 11-S".

La familia del presunto jefe de Al Qaeda en España atraviesa serios problemas económicos. El niño mayor ha dejado los estudios y trabaja como repartidor. El matrimonio ha enviado a otros dos de sus seis hijos a Siria porque aquí no podían costear sus estudios. Marisa ha perdido una ayuda social que recibía del Ayuntamiento. Le queda el apoyo de su familia española y la venta de alfombras.



El hombre de Bin Laden en Madrid

Mustafá Setmarian, fundador de la célula de Al Qaeda en España, es uno de los terroristas más buscados. La policía sospecha que está en Afganistán

Mustafá Setmarian, un sirio nacionalizado español, es el vínculo más directo entre la célula que protagonizó el 11-M y la cúpula de Al Qaeda. Hombre de confianza del mulá Omar, pertenece al consejo de Bin Laden y ha dirigido campos de entrenamiento terrorista en Afganistán. EL PAÍS revela hoy nuevas pistas sobre su historia y paradero.

Mustafá Setmarian Nasar, alias Abu Musab al Asuri, 47 años, el fundador de la primera célula de Al Qaeda en España y uno de los hombres más buscados del planeta, permanece escondido junto a Osama Bin Laden y su lugarteniente egipcio, Ayman al Zawahiri, en una zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán, fuera del control de las autoridades afganas, según asegura un responsable policial español experto en terrorismo islamista. Las informaciones obtenidas por el Ejército norteamericano en los interrogatorios a presos talibanes en Guantánamo (Cuba) apuntan en esa dirección. "Creemos que está muy cerca de estos dos personajes y del mulá Omar. Probablemente en las montañas y en una zona de dominio talibán. Eso es lo único que sabemos por ahora", responde lacónico. Elena M., la mujer española de Setmarian y sus tres hijos, han sido localizados en Kuwait, país al que entraron de forma clandestina y de donde serán expulsados, según señalan fuentes oficiales.

La policía española investiga si Mustafá y su importante red de islamistas radicales en España prestaron algún apoyo a la cumbre que Mohamed Atta y Ramzi Binalshibh, el autor y el coordinador del 11-S, celebraron en Tarragona semanas antes del ataque terrorista. También si tuvo algo que ver con "con la ideación, preparación y ejecución" de la matanza del 11-M, según señala un escrito de la fiscal de la Audiencia Nacional Olga Sánchez. Pero hasta ahora no se han logrado "evidencias" de su participación en estos hechos, según asegura un informe policial reservado, fechado el pasado 13 de enero. Setmarian pertenece al consejo o shura de Al Qaeda desde 1988 como emir del grupo de sirios asociados a esta organización terrorista.

Los que trataron a Setmarian durante su estancia en España, en los años ochenta y noventa, nunca imaginaron que este sirio nacionalizado español, de "cabello pelirrojo, 1,70 de altura, ojos verdes, barba de elegante corte, tez clara y aspecto occidental", así se le define en los informes de la Unidad Central de Información Exterior de la policía, iba a llegar hasta la cúpula de Al Qaeda, una estrecha pirámide, hoy hecha pedazos, en la que caben muy pocos.

Pero el interés de todos los servicios de inteligencia del mundo por este personaje, su implicación en las actividades de esta organización terrorista en España y la sospecha de que pudo tener alguna relación con el 11-M y los atentados de Casablanca lo han convertido en uno de los trofeos que la Central Inteligence Agency (CIA) quiere capturar para desvelar los misterios que todavía rodean a Bin Laden.

Cualquier persona que comunique con la oficina Recompensas para la Justicia en Washington, por correo electrónico a mail@rewardsfor o por teléfono al 1 (800) 877-3927, y facilite una información que logre su captura recibirá cinco millones de dólares. Es la cifra que el pasado 18 de noviembre ofreció Colin Powell, ex secretario de Estado norteamericano, por la captura de Setmarian. Lo anunció Adam Erili, viceportavoz del Departamento de Estado: "Powell ha autorizado la recompensa para alentar a quienes tengan información con respecto a Mustafá Setmarian a que la proporcionen. Exhortamos a cualquiera que tenga información sobre su ubicación a que comunique con nosotros". Fuentes de dicha oficina aseguran que ya han recibido varias llamadas.

Mustafá Setmarian, nacido en Alepo (Siria) e hijo de un maestro de escuela, llegó a España a principios de los años ochenta. Entonces tenía veintitantos años y pertenecía a los Hermanos Musulmanes, grupo islamista fundado en Egipto en 1928 por el profesor Hassan al Banna bajo el lema "el islam es la solución". Los seguidores de esta corriente fueron perseguidos en Siria y se exiliaron a Jordania. Centenares eligieron España como refugio.

El joven pelirrojo hizo su primera gestión de extranjería el 11 de marzo de 1986, pero antes vivió en Madrid durante varios años de manera ilegal. Tenía un puesto de objetos árabes e indios en el Rastro, viajaba a Pakistán y Afganistán, donde pasaba largas temporadas, y acudía a la mezquita de Abu Baker, en el número 7 de la calle Anastasio Herrero, en el céntrico barrio de Tetúan. El imán Riay Tatary, otro sirio afincado en la capital, le recuerda bien. "Le saludé varias veces. Era muy religioso y se acordaba de memoria de frases completas de mis discursos. Creo que entonces ya era una persona radical y exaltada. Se le notaba".

En 1987, la joven madrileña Elena M., que entonces tenía 23 años, se decidió a presentar a Mustafá a sus padres, un ama de casa y un trabajador de fábrica. Este último acababa de descubrir a la pareja paseando de la mano. "¿No decías que sólo era una amistad?", bromeó a su hija. Se habían conocido en la Escuela Oficial de Idiomas, donde la chica estudiaba filología inglesa y alemán. Los dos querían comunicarles su relación. "Cuando conoció a Elena le dijo que estudiaba Ciencias Políticas y que iba para diplomático", relata un familiar.

Aquella visita a un sencillo piso sin ascensor en el barrio madrileño de Moratalaz fue el inicio de una difícil y tensa relación entre los padres de la joven y el islamista radical. "¿Una cerveza?, ¿Un vino?". "No, yo no bebo, ni fumo. Me he quitado el tabaco y el whisky. Un buen musulmán no debe fumar ni beber", respondió Mustafá.

Los padres asimilaron la unión a regañadientes por el amor que la española profesaba al sirio, pero muy pronto surgieron los encontronazos. "¡Tú hija ya estudiaba el islam antes de conocerme!", le espetó un día Mustafá al padre de la joven. "Eso es mentira. Mi hija era agnóstica y de izquierdas. Tú la has metido en esto", le respondió malhumorado éste.

Elena es una mujer guapa e inteligente. Entonces compaginaba sus estudios de idiomas, para los que tiene facilidad, con un trabajo como ayudante de odontólogo. Pero la relación con Mustafá cambió su vida por completo. Dejó a sus antiguos amigos, aprendió árabe y cubrió su cabeza con un pañuelo. Un proceso rápido y similar al de otras españolas que acabaron casándose con los militantes de la célula de integristas radicales cuya semilla plantó entonces Setmarian.

En octubre de 1987, muy poco tiempo después de conocerse, la pareja volvió a visitar el piso de Moratalaz. Ella llevaba un cajita con la joya que el sirio le ofrecía por su boda. "¡Mira lo que me ha regalado Mustafá", dijo Elena a sus padres. La noticia cayó como una bomba en la familia. Sólo la madre mostró comprensión hacia el amor de su hija. Elena se casó días después en una mezquita de Madrid sin la compañía de sus padres. "No sabemos dónde se casó. No tenemos ni idea", asegura un familiar. "Me extrañó que se casara tan pronto. La gente muy religiosa se aleja siempre de las mujeres", dice el imán Tatary refiriéndose a Mustafá.

El 23 de octubre de ese mismo año Setmarian obtuvo la nacionalidad española gracias a su matrimonio. A partir de ese instante, su DNI, 50852875, un pasaporte nacional y su aspecto occidental "le facilitaron en gran medida sus desplazamientos por Occidente", según señala un informe policial. ¿Se casó Mustafá por interés o por amor? A radicales islamistas como Rabei Osman, El Egipcio, presunto inductor del 11-M, se les han intervenido conversaciones en la que aseguran que el Corán permite casarse con infieles para obtener papeles y trabajar por la yihad, pero personas cercanas a la pareja aseguran que Setmarian parecía "ensimismado" por Elena. "Mire. No quiero que a su hija le falte de nada", le dijo Mustáfa a su suegro al abrir dos frigoríficos llenos de carne en su casa de la calle León Felipe en Madrid.

La relación entre Setmarian y el padre de Elena fue al principio tan difícil que este último conoció a su primer nieto en 1990, cuando la joven paseaba con el niño y su madre por un parque. Era una de sus visitas a espaldas del abuelo, que siguió sin aceptar la unión de su hija con el sirio. Luego, el trato se apaciguó poco a poco, pero con constantes desavenencias. "¡No le darás cerdo a mi hijo a mis espaldas", le reprochó el sirio a su suegro una de las pocas veces que acudió el matrimonio a una celebración familiar.

Los Setmarian dejaron Madrid y se trasladaron a Granada durante dos años. Allí Mustafá montó una tienda de ropa en la calle Elviria y conoció a Taysir Alouny, otro sirio y miembro de los Hermanos Musulmanes, que entonces trabajaba en la agencia Efe como traductor del servicio de árabe. Se instalaron en un chalet alquilado en Alcafar, una localidad próxima, y montaron máquinas de coser en los sótanos. El comerciante quería fabricar su propia ropa. Un proyecto que no prosperó. Desde allí viajaron a Jordania a visitar a los padres de Mustafá para que conocieran a Elena porque éste no podía entrar en el país. "Decía que no podía regresar porque no había hecho la mili", relata un familiar. Un argumento que utilizan con frecuencia los militantes de los Hermanos Musulmanes.

Cuando regresaron de nuevo a Madrid, los agentes de la Unidad de Asuntos Árabes e Islámicos de la policía ya los estaban vigilando. A ellos, a Alouny y a Imad Eddin Barakat, Abu Dahdah, otro militante de los Hermanos Musulmanes refugiado en España y casado con una madrileña. A espaldas del imán Tatary repartían propaganda de Hamás, el GIA, Al Qaeda y otros grupos en la mezquita de Abu Baker y enviaban a islamistas radicales a campos de entrenamiento militar en Bosnia, Chechenia y Afganistán. Todos sus teléfonos ya estaban intervenidos por orden del juez Baltasar Garzón.

El 26 de junio de 1995 la policía filmó en vídeo a los Setmarian cuando abandonaban España en dirección a Londres. Varios miembros la célula les ayudaron en la mudanza y Osama Darra, uno de los futuros muyahidin, se quedó con la furgoneta del sirio. Abu Dahdah acompañó a la pareja hasta la capital inglesa, donde, según comunicó Elena a su familia, su marido iba a dirigir un periódico. Se instalaron en el número 4 de la calle Paddock y matricularon al niño en un colegio árabe. El 30 de enero de 1997 los padres de Elena viajaron a Londres para asistir al nacimiento de su segundo nieto y comprobaron que la pareja vivía en una casa confortable. Aquellos días no cesaban de llegar cestas con canastos de ropa, regalos y comida árabe. A su hija y a su nieto no les faltaba de nada.

La publicación que dirigía Mustafá era la revista Al Ansar, el órgano de opinión del Grupo Islámico Armado (GIA), que entonces se editaba en Londres. El GIA era un grupo terrorista asociado a Al Qaeda que protagonizó terribles matanzas en Argelia y atentados en Francia. Su mentor espiritual era el clérigo palestino Omar Mahmud Toman, Abu Qutada, el hombre de Bin Laden en el Reino Unido, un tipo grueso y barbudo al que los padres de Elena vieron varias veces en la casa de su hija en la calle Paddock. "¿Qué hace el niño reunido con esas personas tan mayores", preguntaba el abuelo a su hija cuando Mustafá se reunía con Qutada, el fanático salafí.

Tras los atentados del GIA en el metro de París, Setmarian fue detenido por la policía británica por su presunta vinculación con los terroristas que pusieron las bombas en la capital francesa, pero fue puesto en libertad. A los padres de Elena les dijeron que había sido detenido por uno de sus artículos contra EE UU y ésa fue la excusa que dieron en septiembre de 1997 para informarles que se trasladaban a vivir a Pakistán, donde Mustafá iba a dirigir un periódico. ¿Pero adónde? ¿A qué ciudad? Desde entonces, hace más de siete años, el matrimonio de Moratalaz desconoce el teléfono y la dirección de su hija. "No os lo doy por vuestra seguridad", les dice la joven cuando comunica con ellos.

Los informes de la policía española y de la CIA aseguran que Setmarian se estableció en Afganistán bajo el amparo del régimen talibán. Un país que conocía bien y al que había viajado varias veces en compañía de Mohamed Bahaiah, un correo de Bin Laden para Europa que vivió en Granada. Él fue quien le presentó a Bin Laden en 1988 y a partir de entonces Mustafá se convirtió en el emir del grupo sirio de asociados a Al Qaeda. Bahaiah, otro fugitivo, es el cuñado de un presunto miembro de la célula española.

Setmarian no dirigía un periódico en Afganistán, sino los campos de entrenamiento de Derunta y Al-Ghuraba, "donde entrenaba a los terroristas en venenos y sustancias químicas", según señaló Adam Erili, el viceportavoz del Departamento de Estado de EE UU cuando ofreció los cinco millones de dólares por su captura. Una acusación similar a la que sostiene el juez Garzón contra Mustafá. "Se conoce que en su campamento, cercano a Jalalabad, se impartían cursos de armamento y explosivos a muyahidin conversos procedentes de Francia, Italia y España para proporcionarles entrenamiento con el fin de que luego se incorporaran a sus respectivos países como células durmientes a la espera de recibir órdenes de la organización", dice un informe policial reservado sobre Setmarian.

Ahmed Ressam, el argelino de 37 años detenido en 1999 en Washington cuando se dirigía con un coche cargado de bombas a volar el aeropuerto de Los Ángeles, confesó ante la Corte de Manhattan (EE UU) que en aquellos campamentos les enseñaron a usar venenos y gases mortales. "Nos entrenamos en proyectos para difundir gas en los sistemas de ventilación... Nos enseñaron a mezclar gases tóxicos con otras sustancias y a fabricar explosivos con fertilizantes químicos".

Muy cerca de Setmarian, en el campo terrorista de Khalda, estaba su amigo Anwar Adnan Mohamed Saleh, chej Salah, un palestino al que conoció en Madrid y con el que creó la primera célula de Al Qaeda en España. Al igual que él había sido llamado para tareas más importantes por Zein al Abideen Mohamed, Abu Zubaida, responsable del paso de los muyahidin a los campos de entrenamiento. El español y el palestino coordinaron durante varios años la llegada y entrenamiento en Afganistán de los combatientes que desde Madrid les enviaban Abu Dahdah y Amer el Azizi, un traductor marroquí que se integró en el grupo.

Setmarian se ganó la amistad y el respeto del mulá Mohamed Omar, el clérigo talibán que inició el combate contra los rusos en 1994 con un puñado de hombres y dio cobijo a Bin Laden y a su séquito en Afganistán. Mustafá estuvo muchas veces sentado frente a él en su despacho de Kandahar, una sencilla oficina con un lema místico grabado en la pared: "El triunfo nace de Alá. El momento de la victoria está al alcance de la mano".

Algunas fuentes aseguran que Setmarian trabajaba en realidad para el tuerto Omar y que veía a Bin Laden con alguna reticencia, la misma que tenían los talibanes hacia el terrorista saudí. Los árabes que llegaban a los campos de Bin Laden miraban con cierto desprecio a los afganos, a los que consideraban atrasados en sus planteamientos religiosos. El salafismo yihadí e internacionalista de este último tenía poco que ver con la posición aldeana y cerrada de los talibanes. Entonces las fricciones eran constantes.

Setmarian recibió en su refugio afgano la visita de amigos españoles. En el año 2000 el traductor de árabe Alouny dejó a su mujer e hijos en Granada y se trasladó a vivir a Kabul, donde ejerció como periodista para la cadena árabe Al Yazira. Allí vio varias veces a Mustafá, quien le facilitó contactos para sus movimientos y entrevistas, según ha reconocido el sirio español en su declaración ante Garzón. Según Alouny, hoy procesado por el juez, Setmarian trabajaba entonces para los talibanes y no para Al Qaeda. Asegura que ignoraba su relación con campos terroristas.

La pista de Setmarian se perdió en Kabul "después de los atentados del 11 de septiembre (2001) y tras los ataques de la Alianza del Norte al aeropuerto. Al parecer, desde Kabul se dirigió a las provincias de Logar, Gardez y Khowst, y de ahí, a Pakistán", asegura un informe confidencial de la policía. ¿Fue Setmarian quien facilitó a Alouny los vídeos y la entrevista con Bin Laden en la que se éste se atribuyó los ataques contra las Torres Gemelas?

El paradero de Setmarian es un misterio. Algunos le sitúan en Irak junto al terrorista jordano Abu Musab al Zarqawi, pero las fuentes policiales y judiciales consultadas coinciden en su proximidad a Bin Laden. "Su apariencia occidental y el pasaporte español que porta pueden haberle facilitado el cruce de fronteras internacionales", dice el documento policial. Hace más de un año Mustafá habló por teléfono con su suegro y le juró que todo lo que se decía sobre él era mentira: "Voy a escribir a Garzón, voy a limpiar mi nombre y aclararlo todo". "Papá, le persiguen por motivos políticos", añadió Elena.

En julio de 2003 Elena y sus cuatro hijos entraron de forma clandestina en Kuwait, donde han sido descubiertos. A mediados del pasado mes de mayo seguían allí a la espera de ser deportados. Según la legislación kuwaití, la ciudadana española puede elegir el destino de su deportación siempre que el país receptor acceda a acogerla.